La despedida

Águeda corta el pavo del plato de su padre en trozos chiquitines. Le ha dicho si los quiere más chicos, pero él solo le ha gruñido. Quizás ni lo haya entendido. Puede que ni siquiera esté siendo consciente de estar cenando. 

─Papá, he hablado con Rita esta tarde. Ayer tenía turno de noche y pasó a ver a mamá… 

─Mmmm… 

─Sigue con la ventilación mecánica y sedada. 

─Mmmm…

─¿Está bueno el pavo, eh, papá?

─Mmmm…

─Menuda cocinillas estoy hecha… 

Después de la cena, padre e hija se sientan en el sofá. Junto a ellos, hay una mesita con un nacimiento descolorido y desconchado. Águeda se recuesta junto a él, acurrucando las piernas bajo la manta y cogiendo la mano apergaminada de su padre.

─¿Te acuerdas cuando mamá pintó las figuritas? ¡San José le salió con cara de estreñido! ─ríe Águeda.

Levanta la vista hacia la cara de su padre y se encuentra con la misma mirada perdida de los últimos tiempos. 

─Me encantaba cuando sacábamos la caja del baúl del recibidor. ¡Estaba tan ilusionada por montarlo todo! Tú traías arena nueva todos los años. Me decías que habías ido a por ella a la misma Belén. Hasta cuando ya sabía que ibas a por ella a la playa del Barro, seguías diciendo la misma trola… ¿Qué tiempos, verdad, papá? Y siempre me acuerdo de mamá, estresadísima, preparando la cena de Nochebuena con la tía Concha. Pero cuando estábamos todos en la mesa, ella sonreía y los ojos le brillaban de tan contenta que estaba por tenernos allí. 

Águeda siente presión en su mano, su padre la aprieta con poca fuerza. 

─Quién pudiera vivir una de esas noches de nuevo, ¿verdad?

Vuelve a mirar a su padre, que ahora tiene una mueca triste que acentúa más los pliegues de su piel. En sus ojos, calados de lágrimas, titila la luz de la lamparita.  

─Eh, papá…─Se apretuja contra él y le besa la mejilla reseca─ ¡Que ahora también lo pasamos bien! Pues no me ha salido el pavo bueno ni nada… ¡Y te he cantado un villancico!

─Mmmm…  ─le gruñe una octava más alta que la última vez. 

Águeda no sabe que su padre no llora por la cena, ni por si se aburren o no. Su padre se deshace por su Juana. La imagina sola y asustada en esa cama de hospital. La Juana que se desvivió por él y por sus hijos. La que nunca los dejó solos. A la que le brillaban los ojos siempre, no solo en Nochebuena. Porque vivía ilusionada y eso hacía que te sintieras invencible a su lado. Pasase lo que pasase. Una madre rebosante de calor y sonrisas. Y ahora, moría sola. Y él, no podía hacer nada.

─Papá…─vuelve a mirar los ojos sumergidos en tristeza- Lloras por mamá, ¿verdad? ─Águeda siente una bola de pena en su garganta. 

Su padre le aprieta la mano, esta vez con más fuerza. 

─Juana… ─susurra.

Y Águeda, deja de contenerse y ya no puede hacer nada más que fluir con el momento. Ese momento de despedida de la gran mujer de sus vidas. Una despedida a distancia que no merece. Ninguna Juana la merece.

Lorena A. Martí

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *