Pesetas para un médico

Estaban cerca del portalón de madera. Las hojas estaban abiertas de par en par y la gente entraba y salía en silencio, con el alma recogida. La penumbra de dentro era negra y dolorosa. Miguel iba de la mano de su madre, Rosa, que se había pasado la mañana lamentándose en susurros. Él se sentía triste y angustiado. “Juanito se ha muerto al final, Miguel. Lo entierran esta tarde”. Estaban parados delante de la casa esperando que bajara un poco el ritmo del trajín y poder entrar a dar el pésame a la familia de Juanito, el mejor amigo de Miguel. 

Días antes, en la escuela, Don Salvador no había dicho nada de su ausencia, pero Miguel sabía que era extraño que Juanito no hubiera acudido desde hacía varios días. A pesar del miedo que les causaba el maestro, la escuela era para ellos juego, experiencia y amigos. Y tonto era el que no aprovechaba esa oportunidad sabiendo que, más pronto que tarde, tendría que abandonar las clases para irse a la huerta con sus mayores a ganarse el pan. Así es que Miguel, tan pronto como acabó la lección, se acercó al hermano de Juanito a preguntarle por su amigo. 

━José, ¿dónde está Juanito? 

━Está malo ━dijo agachando la cabeza. 

━¿Qué le pasa? 

━Está con diarrea dos días ya. Tiene la bacinilla pegada en la cama porque no puede ni salir a la letrina. 

━Voy contigo a verlo ━Miguel empezaba a preocuparse. 

Los dos niños marcharon juntos a las afueras del pueblo en donde Juanito vivía con sus padres, su hermano José y con la abuela Blasa. La casita de adobe y cañas estaba entre una casa más grande y un corral. La puerta, destartalada, estaba entornada y, al entrar, Miguel sintió el olor fétido que envolvía la estancia. Carmen, la madre, estaba sentada al borde de una cama que cubría la pared interior. Juanito era un bulto cubierto por una sábana picada y amarillenta. Estaba de lado, mirando a la pared. Así es que Miguel no podía verle la cara, pero sí podía olerlo. Y oírlo. Juanito gemía y su madre le cantaba suave mientras le pasaba un paño húmedo por la frente. 

━Bueno, ya lo has visto ━le dijo José impidiéndole que se adentrara más. 

━¿Se va a poner bien? 

━No lo sé, Miguel. Mi hermana Josefina empezó así cuando se puso tan malita y… bueno ya sabes cómo acabó… 

Claro que Miguel lo sabía. Juanito estuvo sin hablar casi nada durante meses. 

━Pero ¿por qué no llamáis al médico? ━preguntó desde sus ocho años de pura ignorancia. 

━¿Al médico? El médico vale muchas pesetas, Miguel. Si pudiéramos pagar a un médico, ya lo hubiéramos llamado cuando lo de Josefina. 

Miguel marchó a casa. Pateaba concentrado en las piedras que iba encontrándose para no darle importancia al picor de los ojos y al nudo que tenía en la garganta. 

Al llegar a casa, encontró a su madre preparando el caldo al fogón.

━Madre, Juanito está malo.

━¿Está malo? ¿Qué le pasa?

━Está con diarreas desde hace dos días y no se lo pueden parar ━Su madre dejó de mover el cucharón y se quedó mirando la olla━ ¿Madre?

━Vale, Miguel, vamos a poner la mesa. 

━¿Se va a morir?

━Bueno, pues no lo sé. Espero que no… pero así empezó la Josefina ━y bajando la voz para hablar consigo misma añadió━ Qué mal de ojo les han echado a estas pobres personas…

━Madre, ¿por qué no van al médico?

━La familia de Juanito no se puede permitir médicos, Miguel. Casi no podemos nosotros que comemos todos los días… 

━Pero algo se tendrá que hacer, ¿no? No pueden dejar que se muera por no llamar al médico. 

Su madre lo miró con ternura y con las entrañas encogidas.

━Hijo, hay cosas que cuestan pesetas y hay mucha gente que no tiene ni un céntimo. Míranos a nosotros, que la mitad de días comemos porque tu padre trae de la huerta. Si no, ni eso. No se puede hacer nada, Miguel. Nada ━dijo con la voz rota. 

Miguel se quedó pensativo. Él conocía a gente que podía llamar diez veces al médico si querían. Como la familia que vio en coche sin caballos aquel día que fueron a Valencia. Su padre le dijo que esos carros valían muchísimas pesetas. ¿Por qué la familia de Juanito no podía pagar a un médico para que intentara salvar la vida de sus hijos y había gente que podía comprarse un carro de motor? Si él hubiera tenido pesetas para un médico, se lo hubiera pagado. Con ese pensamiento acabó el día. 

Y al siguiente, allí estaban. Delante de la casa de Juanito, esperando para entrar a dar el pésame a una familia descompuesta que acababa de perder a su segundo hijo en dos años. Cuando Rosa se puso en marcha, le apretó fuerte la mano, como para darle las fuerzas que sabía que Miguel no encontraba. Antes de llegar a la puerta, Miguel ya escuchó los lamentos. Los escuchó perforando su piel y los siguió escuchando cuando le envolvieron el estómago y el corazón en un abrazo desesperado. Se acercaron al umbral y, cuando pensaba que sus ojos ya se había acostumbrado a la penumbra, siguió viendo oscuridad. Forzó la vista y alcanzó a ver caras. Las caras de la familia de Juanito que estaban sentadas alrededor de una caja. Y todo era oscuro y negro porque todos iban envueltos en ese color. La casa estaba atrapada en esa falta de luz con unas telas negras que pretendían dar una dignidad lóbrega. Se fijó en Juanito mientras sus piernas le fallaban. Estaba blanquito y muy delgado. Le entraron ganas de decirle que parecía una lombriz y darle un empujón. Pero los lamentos de la abuela Blasa le traían a golpes a la realidad. Una en la que Juanito ya no iba a estar con él, ya no iban a jugar a la escampilla, ni a subir por los almeces a ver nidos.  

Miguel y su madre se acercaron y saludaron al padre de Juanito. Carmen, la madre,  miraba al vacío mientras frotaba rítmicamente la mano de su hijo José y aguantaba en el hombro a una abuelita Blasa desmadejada. 

━Tía Carmen, si yo hubiera tenido pesetas para el médico, os las hubiera dado ━dijo la inocencia de Miguel. 

Carmen pareció conectar por un momento con la realidad y miró a los ojos al pequeño Miguel. Su mirada cobró vida al reconocer al querido amigo de su Juanito. 

━Estoy segura, Miguel. Seguro que lo hubieras hecho ━Se esforzó en sonreír. 

Lorena A. Martí


2 pensamientos sobre “Pesetas para un médico”

  1. Me encanta la sencillez y profundidad que emana del texto. Muchas veces, lo más simple es lo que más nos enseña y siento que éste es el caso. Resulta muy fácil empatizar con Miguel y cogerle cariño. También se hace sencillo meterse de lleno en el contexto, gracias a los diálogos, con intervenciones breves pero incisivas. El ritmo es el adecuado y el vocabulario permite situarse en la época. Todos los detalles aparecen muy cuidados. Esta prosa va directa al corazón.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *